Proyecto H.M. Habbakuk: el portaaviones de hielo
0:00Proyectos imposibles
Europa se encuentra sumida en la II Guerra Mundial, los nazis dominan el Océano Atlántico con sus U-boats y las fuerzas aliadas, desesperadas, buscan una solución que ponga freno a la peligrosa maquinaria bélica del III Reich. Con presupuestos casi infinitos, los ingenieros se frotan las manos ideando nuevas máquinas de combate que permitan dar un giro exponencial a la situación bélica. En este contexto nace un ambicioso proyecto: la creación del H. M. Habbakuk, un portaaviones de hielo.Proyecto Habbakuk nació debido a la imperiosa necesidad de los aliados de encontrar un arma de guerra capaz de hacer frente a la avanzada tecnología de la que disponía Hitler y la creciente amenaza de los japoneses. Winston Churchill estaba abierto a todo tipo de propuestas, pero se enamoró de una de ellas, quizá la más descabellada, pero también la más ambiciosa: la creación de un inmenso buque de maquinaria moderna.
EL “ PADRE ” DE LA CRIATURA
El padre de tan brillante idea no era otro que Geoffrey Pyke, un hombre de mente lúcida y apariencia desaliñada. Tenía aspecto de no haberse bañado ni peinado en días, una barba descuidada y, curiosamente, nunca usaba calcetines. Pyke ya se había significado durante la I Guerra Mundial cuando protagonizó una de las fugas más célebres de la cárcel de Ruhleben (Alemania). Siempre había destacado como pedagogo, comerciante, espía y, por supuesto, como inventor.
Sus creaciones no eran nada
convencionales y probablemente fue uno de los primeros precursores del
radar con su sistema de micrófonos elevados por globos para localizar
por triangulación aviones enemigos. Hombre de gran ingenio y vida
prácticamente desconocida, trabajó también para nuestro país durante la
Guerra Civil española ideando artefactos para mejorar las condiciones de
los combatientes. Cuando la propuesta de Pyke llegó a oídos de
Churchill este era consciente de que, a pesar de que las iniciativas del
inventor podían parecer descabelladas en un principio, su fin último
podría ser un auténtico triunfo. Y es que el por entonces primer
ministro del Reino Unido ya conocía a Pyke por otra de sus creaciones,
que finalmente acabó vendiéndose a Estados Unidos. Se trataba del
Proyecto Plough, que consistía en un pequeño transporte para desplazarse
por la nieve que los estadounidenses convirtieron en el famoso M29, más
conocido como La comadreja.
Por lo tanto, escuchar de los labios del
inventor que era posible construir un buque de guerra con hielo se le
antojaba una idea sensacional y, sobre todo, barata. Pyke obtuvo carta
blanca para iniciar su investigación y realizó las primeras pruebas en
el almacén de carne de un mercado londinense, el Smithfield Meat Market, donde existía un enorme frigorífico con el que podía experimentar. Para ello se contrató a dos eminencias científicas.
EL PYKRETE
Una de ellas era Max Ferdinand Perutz, un biólogo molecular que obtuvo el Premio Nobel de Química en 1962. El primer objetivo de los investigadores era mejorar las propiedades del hielo para convertirlo en un material muy resistente y fácil de reparar, algo indispensable para soportar los impactos del fuego enemigo. Para este trabajo se cree que también se contó con la colaboración del que sería el padre de los polímeros, Herman F. Mark. Cuando estas mentes privilegiadas se centraron en el estudio de las propiedades del hielo se les ocurrió que una buena forma de mejorarlas podría ser mezclarlo con pulpa de madera. La idea no pudo resultar más innovadora y al poco tiempo obtuvieron un material extremadamente sencillo y resistente que bautizaron como “pykrete”, una mezcla de letras que hacían referencia a Geoffrey Pyke y a concrete, la traducción inglesa de “hormigón”.Para evitarlo había que aislar la superficie del barco, que, además, debía contener un equipo de refrigeración y un complicado sistema de conductos. A pesar de todo, Pike se mostró muy optimista, pues estaba convencido de que estos problemas se solucionarían en el proceso de construcción. Con estas alentadoras noticias y tras pocas semanas de investigación Geoffrey Pyke se apresuró a presentar el nuevo material a los altos cargos del Ejército aliado.
Sistema de refrigeración
Sea como fuere, lo cierto es que las posibilidades del pykrete sorprendieron a los jefes de Estado, almirantes o primeros ministros de las fuerzas aliadas, que aprobaron un presupuesto considerable para construir un prototipo de reducidas dimensiones que probara la viabilidad del proyecto.
UNA CASA DE HIELO EN EL LAGO
El prototipo comenzó a construirse en el lago Patricia, situado en un lugar de difícil acceso del parque nacional de Japer (Canadá), un enclave lo suficientemente aislado como para ocultar un prototipo de 18 m por 9 m y de un peso aproximado de 1.000 toneladas que se mantendría refrigerado gracias a un motor de un caballo de fuerza. Los bloques de hielo eran trasladados desde el lago Louise (Alberta, Canadá).Los canadienses, que no sabían lo que estaban construyendo, bautizaron el proyecto como El arca de Noe.
Sin embargo, el principal escollo del proyecto seguía siendo el “flujo plástico”, un inconveniente que no se había solventado y que amenazaba con elevar significativamente el coste del prototipo. A pesar de esto, Pyke no se mostró preocupado; por el contrario, tras ver el prototipo acabado y comprobar la fiabilidad del proyecto se sintió ciertamente eufórico. Un estado de euforia que no le iba a durar demasiado… De hecho, las complicaciones obligaron a los canadienses a retrasar la entrega del prototipo y a solicitar más acero para terminarlo, lo cual incrementaba, una vez más, los costes. La situación llevó al Reino Unido y a Canadá a solicitar fondos a Estados Unidos, algo que este país aceptó con una única condición: expulsar del proyecto a Geoffrey Pyke. No era un secreto que las relaciones de este con EE.UU. no eran buenas tras las reyertas surgidas en relación con un trabajo anterior del inventor: el citado Proyecto Plough. De esta manera tan radical el ideólogo del Proyecto Habbakuk se vio desvinculado de él. Este desgraciado suceso fue, según afirman algunos, la gota que colmó el vaso de la cordura de Pyke, quien se suicidó poco tiempo después.FORTALEZA FLOTANTE
Con Pyke fuera del proyecto, pero con Perutz en él, los jefes de Estado Mayor se reunieron en agosto de 1943 para discutir las posibilidades del futuro e innovador barco. Con la incorporación de Estados Unidos el plan inicial se vio modificado y se volvió más ambicioso.Se pretendía que el barco tuviera una autonomía de 11.000 km y que fuera capaz de soportar las embestidas de las mayores olas conocidas. El Almirantazgo solicitó que también fuera a prueba de torpedos, para lo que el casco necesitaría tener, como mínimo, 12 m de espesor. Por si todo esto fuera poco, la capacidad de transporte del Habbakuk tendría que ser digna de una fortaleza flotante. Debía poder llevar una flota aérea completa de bombarderos que pudieran despegar y aterrizar en él, lo que requería una pista de aterrizaje de más 600 m de longitud. Esta nueva etapa del proyecto se conoció como “Habbakuk II”.
En cuanto al armamento, el Habbakuk II incluiría 40 cañones dobles de 4,5”, torretas de combate y decenas de cañones antiaéreos. Para mover la fortaleza sería necesario disponer de turbogeneradores de vapor con una potencia de 33.000 caballos que suministraran energía suficiente a los 26 motores eléctricos que se montarían en el exterior del barco para evitar el calor desprendido por los mismos.
Uno de los problemas que nunca llegó a solucionarse fue el relacionado con la dirección del buque. Estaba previsto que este pudiera girar variando la fuerza de los motores instalados en sus laterales, pero la Royal Navy dejó claro que el navío tendría que tener un timón, algo que en una embarcación con una altura propuesta de 30 m se hacía extremadamente complicado. El proyecto se tornaba cada vez más complejo y mientras tanto la guerra mantenía su ritmo acelerado, desencadenando acontecimientos que podían perjudicar el destino del portaaviones de hielo.
Hacia finales de 1943 Portugal autorizó el uso de los aeropuertos de las Azores por parte de los aviones aliados, lo que permitió que los temibles submarinos nazis fueran cazados con mayor facilidad en el Atlántico y contribuyó al debilitamiento de la brecha atlántica.
LA MUERTE DEL PROYECTO HABBAKUK
La del Proyecto Habbakuk fue una muerte anunciada. Con la solución de la batalla del Atlántico el propósito principal del buque se hacía cada vez más innecesario, lo cual, unido a las crecientes críticas de altos mandatarios como Sir Charles Goodeve, controlador de Investigación y Desarrollo del Almirantazgo durante la II Guerra Mundial, puso en evidencia que el proyecto “hacía aguas” por todos los lados.Goodeve llegó a asegurar cínicamente que la enorme cantidad de madera necesaria para construir el barco afectaría a la producción de papel. Lo paradójico del caso es que un barco que iba a ser fabricado con hielo para reducir los costes y sustituir al caro acero iba a necesitar mucho más de este último material de lo que se podía imaginar. Kilómetros de tuberías de acero para refrigerar el barco y la construcción de las centrales eléctricas y sus motores e, incluso, de una enorme fábrica-congelador para producir el pykrete requerían toneladas y toneladas de acero.
Todo ello, unido a la aparición de una iniciativa mucho más importante para el Ejército estadounidense, el Proyecto Manhattan, contribuyó a que el portaaviones de hielo se fuera “diluyendo” en el olvido. Con Mountbatten, uno de los principales defensores del proyecto, finalmente fuera del mismo, la Junta para el Desarrollo del Habbakuk se reunió por última vez en diciembre de 1943 para llegar a la siguiente conclusión:
“El gran Habbakuk II de pykrete ha resultado ser poco práctico debido a la enorme producción de los recursos necesarios, lo que además se une a las enormes dificultades técnicas que entraña”. Decenas de planos, cientos de hojas con apuntes técnicos y trazos de ingenieros, y un nuevo material –el pykrete, al cual después de tantas décadas aún no se le ha descubierto una posible utilidad– fueron el legado de un innovador proyecto que brilló más por su originalidad que por su utilidad. Con su suspensión, aquel primer prototipo construido en el lago Patricia permaneció intacto durante todo un año, tras lo cual se derritió.


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